Actualmente, los científicos, como los pilotos de motociclismo, participan en un campeonato mundial en el que el premio son plazas y financiación. En la evaluación de los científicos se sustituyen los “wins” de la imagen por el número de publicaciones en ciertas revistas, los proyectos en los que ha estado y los “years” por las estancias en centros de “presitigio”. El conocimiento, la cultura y la Ciencia en sí misma no tienen un papel mas allá del de la moto en ese ejemplo.  Y, al igual que las competiciones de motos y fórmula 1 generan beneficios económicos y tecnológicos que disfrutamos, por ejemplo, en nuestros coches, así ven muchos el funcionamiento y fin de la Ciencia. 

 

Anales de Química es una de las revistas científicas en español mas antiguas. Ahora editada únicamente en formato electrónico y en Open Access, para mi sigue siendo una revista de lectura obligada, pues aporta perspectiva sobre diferentes campos de trabajo e historias, dado que tiene un claro carácter divulgativo (aunque es conveniente tener una buena base en Química para leerla).

En el volumen 110 leo un pequeño artículo de opinión titulado “Activismo Científico“, escrito por Emilio Palomares Gil

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Cuando comencé a leerlo, pensaba que se trataría de una reinvindicación por el papel social de la Ciencia, por la necesidad de ésta como elemento civilizador y bien cultural, etc. Pero en el texto podemos leer:

En primer lugar, explicar a los futuros investigadores que desde los grupos españoles que dedican tiempo a la investigación en este país, se hace todo lo posible, dentro de
las circunstancias conocidas de recortes presupuestarios, en personal etc., para buscar financiación que permita trabajar
en temas que estén en las fronteras del conocimiento o, lo que es lo mismo, en los temas cuya repercusión a nivel científico y a nivel social tienen un mayor impacto. Es importante transmitirles que el hecho de trabajar en temas tan importantes como la energía, la salud, las comunicaciones, la sostenibilidad, por citar algunas áreas diana del programa Europeo Horizon 2020 (H2020), significa competir con los mejores grupos a nivel europeo por financiación y a nivel mundial por publicar los resultados en las mejores revistas de ciencia. La suma de estos dos factores es importante, por un lado, para valorar el impacto del grupo en la comunidad científica mundial y, por otro, la suma del impacto de los grupos que sirve para establecer la posición de España en investigación dentro del panorama europeo y mundial.

Obsérvese cuales son las fronteras del conocimiento, en el análisis de la situación que realiza este investigador: son los temas de mayor impacto y los temas diana del programa Horizon. Se habla de competir, de publicar en las mejores revistas, se habla de financiaciónimpacto posición en el panorama (podría haber dicho la ligacampeonato). Pero, sobre todo, obsérvese cómo el científico no es responsable ni tiene capacidad para elegir sus temas de estudio: si quiere seguir siendo científico, tiene que seguir compitiendo y el campo, las normas y los movimientos en este juego están decididos por otros (el programa Horizon, la Unión Europea, la moda imperante, los sumos sacerdotes de la Ciencia, lo que uno quiera o todo). Por encima de sus intereses están las estrategias que deben seguir los grupos para asegurar su propia supervivencia en el panorama. Es decir, ahora la Ciencia es, básicamente, una guerra en la que se plantean objetivos, se siguen estrategias y tácticas y se trata de derrotar a otros para prevalecer.

Luego se establece un paralelismo esclarecedor entre la Ciencia y el Alpinismo, se incide en la idea de que nadie recuerda quienes fueron los segundos en llegar a la cima del Everest, etc. Ya no importa el conocimiento, ni ser un buen profesional. Hay que conseguir impacto, y para ello hay que ser el primero en algo alguna vez. Pero que ese algo sea, a ser posible, lo mas impactante posible, si no no vas a poder quitarles financiación y fama a tus competidores. Es decir, en la visión elitista de la Ciencia, debes hacer un descubrimiento con impacto para tener éxito, que es el objetivo de nuestra vida (al menos la profesional).

A mi me preocupa que transmitamos, tanto a los futuros investigadores como a la sociedad, que la Ciencia es ésto: una competición. Que toda la Ciencia, para los científicos, se basa, en una definición ingeniosa que leí hace poco, en el concepto p4: prestigio, publicaciones, premios y pesetas. Se trata de ser los mejores (los primeros en hacer algo, que no es lo mismo que ser mejor, pero cuyo resultado es el que se busca), de estar bien posicionados y de tener impacto (término utilizado por los científicos para referirse a esos trabajos que les van a dar “visibilidad” y objetivo fundamental del trabajo científico) para conseguir dinero con el que seguir compitiendo. En ningún caso se habla de conocimiento como fuente de cultura, paz y de civilización, de fronteras del conocimiento humano en relación con el pensamiento, y no como temas relacionados con el desarrollo, la salud o la economía, que, aunque obviamente necesarios, no son los únicos temas que nos afectan como seres humanos ni deberían ser los objetivos primarios de la Ciencia. Se habla de la práctica de la Ciencia, vista por el científico, como una actividad encaminada a obtener impacto y prestigio profesional y no a obtener y transmitir conocimiento.

En ningún caso se habla de la Ciencia como una gran construcción colectiva y en la que se tienda a la colaboración en busca de las mejores ideas posibles (sin mirar los papers o premios de quien proceden esas ideas), sino como una suerte de olimpiada en la que cada equipo trata de conseguir éxitos y así quitarles la financiación a otros grupos (esencia de la competición: conseguir tu algo, en base a evitar que lo consiga otro). Estas ideas en torno a cómo se construye la Ciencia han pervertido la Ciencia misma, transformándola en una mezcla de deporte, industria y política. Esta cultura de la competitividad y el éxito lleva a la falta de empatía, desconfianza en los colegas, envidia, estres y, en definitiva, al sufrimiento de unos u otros de una forma u otra.

Esta concepción productivista y lineal de la Ciencia,  la restringe a una ecuación en la que

ciencia = tecnología+riqueza+prestigio

y éste es el legado que los científicos actuales dejan para el futuro: la fusión indistinguible entre la Ciencia y su hija la Ingeniería y en la ruptura total de la Ciencia con su hermana mayor la Filosofía y, sobre todo, con el ser humano como un ente que está mas allá de sus necesidades tecnológicas, derivadas de sus necesidades económicas o biológicas. En una sociedad en la que se tiende a educar consumidores y elementos productivos, encaminada a convertir al ser humano en un elemento que, bien consumiendo o bien generando riqueza, mantenga la estructura social y en la que el tiempo no destinado a esas dos actividades se llena con ocio en un sentido muy distinto del otium cum dignitate, es comprensible que la Ciencia se haya convertido en otro actor de éste orden económico. El poder político y económico ha impulsado nuestra naturaleza, que tiende al reconocimiento de la autoridad y a la concepción colegial de la Ciencia, con la formación de “colegios ocultos” que favorecen el trabajo de “colegiados” y dificultan el de los demás. Esta concepción colegial es fácil de observar. Simplemente echad un vistazo a la dinámica grupal que tengáis a mano, en vuestra disciplina o incluso en el mundillo de los blogs.

Este poder, impulsando los aspectos mas humanos, pero menos humanistas, de los científicos,  los ha transformado en competidores y a la Ciencia en un sistema sostenido por una dinámica ególatra, elitista, competitiva y productivista. Los científicos han asumido muy bien este rol, a base de escasez de recursos (lo que denosta la colaboración y obliga a que prevaleza la confrontación, que a veces llega a ser muy dura y amarga y alcanza incluso confrontaciones territoriales similares a las de los animales), egolatría de los que son encumbrados, la burocracia que esclerosa el sistema y la creación de un sistema de publicación de resultados, controlado por empresas privadas, similar a una competición deportiva, con sus puntuaciones y sus árbitros. Parafraseando a Mario Bunge podríamos decir que “La Ciencia ha sido sustituída por la Evaluación de la Ciencia”.

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Ueshiba Sensei, creador del arte del Aikido, dijo:
“En el momento en que te intereses por cuales son ‘mejores’ y cuales ‘peores’ entre tus compañeros, estas abriendo una apertura en tu corazón por donde entrará la malicia. Poner a prueba, competir y criticar a otros te debilita y finalmente te derrota”.
La derrota de nuestro sistema de Ciencia no nace en la falta de financiación, sino en la fragmentación y confrontación interna.

El resultado final es, como ya advertía Feyerabend, la conversión de la Ciencia desde un peligro para el poder tradicional sostenido en la irracionalidad y la incultura a convertirse en uno de sus principales pilares. O, como decía Edward O. Wilson en Consilience:

[los científicos] están contentos de trabajar en investigación, a menudo enseñan ciencia en las instituciones, felices de ser miembros relativamente bien pagados de una de las profesiones mas pendencieras pero, en conjunto, menos conspiradoras.

Así, mientras los científicos porfían por repartirse los escasos recursos disponibles, se enclaustran centrados en sus papers tratando de alcanzar los mayores índices h, aplicando el concepto p4 y tratando de cumplir con la ecuación anterior, exigida por los financiadores, la sociedad alcanza niveles cada vez mayores de irracionalidad en una época de aumento de la fe en pseudociencias, mitos, religiones etc. En una época en la que los ciudadanos, que deberían ser los primeros beneficiados de la Ciencia no sólo en productos sino en pensamiento, reducen gradualmente su capacidad para ello en medio de un flujo brutal de información, siendo víctimas del márketing, de los mitos o de todo tipo de charlatanes.

El pensador indio Jiddu Krishnamurti expresó muy bien todo lo que he contado:

Casi todos los seres humanos desean en sus vidas poder y riqueza. Cuando hay riqueza, existe cierta sensación de libertad y se persigue el placer. El deseo de poder parece ser un instinto que se expresa de muchos modos. Está en el gurú, en el sacerdote, en la esposa o el marido, o en un muchacho con respecto a otro. Este deseo de dominar o de someter es una de las condiciones del hombre, probablemente heredada del animal. Esta agresividad y el sometimiento a ella, pervierten toda relación a lo largo de la vida. Esta ha sido la norma desde el principio de los tiempos. El hombre ha aceptado esto como un natural estilo de vida, con todos los conflictos y desdichas que trae consigo. Básicamente, en ello se encuentra involucrada la medida – el más y el menos, lo mayor y lo menor – que en esencia implican comparación. Uno siempre está comparándose con otro, comparando una pintura con otra; hay comparación entre el poder más grande y el más pequeño, entre el tímido y el agresivo. Ello comienza casi al nacer y continúa a lo largo de toda la vida – este constante medir el poder, la posición, la riqueza. Esto se fomenta en las escuelas, colegios y universidades. Todo su sistema de calificar consiste en esta evaluación comparativa del conocimiento. Cuando A es comparado con B, que es inteligente, brillante, agresivo, esa comparación misma destruye a A. Esta destrucción toma la forma de la competencia, de la imitación y conformación a los patrones establecidos por B. Ello engendra, consciente o inconscientemente, antagonismo, celos, ansiedad e incluso miedo, y termina por volverse la condición en la que A vive por el resto de su vida, siempre midiendo, siempre comparando psicológica y físicamente. Esta comparación es uno de los muchos aspectos de la violencia.

En parte, creo, esta violencia ejercida contra los científicos por el sistema y entre ellos mismos, se debe a que hemos olvidado los fundamentos filosóficos de nuestra actividad. Hace nada leía, sostenido como una conclusión importante, que:

Pero, si me preguntan a mí, la definición del “buen científico” debería ser, desde un punto de vista estricto, la siguiente: aquel que aplica de manera correcta el método científico. Pero todavía hay algo más. Un buen científico, creo, debería ser alguien que comparte su conocimiento con todos, no sólo con los científicos. Alguien que cree que la educación y la ciencia son importantes para la sociedad, y viceversa. Debería ser una persona modesta, porque es consciente de lo que sabe, pero también de todo aquello que todavía ignora. El buen científico es alguien que siempre mantiene un punto de vista crítico, y se atreve incluso a plantear preguntas como ¿quién gobierna la ciencia? Alguien que acepta que equivocarse es humano. Y, lo más importante, debería ser alguien consciente de que la lista de publicaciones no puede ser el criterio máximo que defina al “buen científico”.

Está claro que lo que afirma Guillermo Orts-Gil en éste texto, desde la segunda frase, es un ideal indiscutible. Si habéis leído lo que he contado y lo que escribía el primer autor citado, veréis que es totalmente contradictorio con éste. Es un ideal inaplicable en nuestro sistema actual: un científico, actualmente, no puede compartir conocimiento con todos, salvo a costa de su tiempo libre, ya que este acto divulgativo o bien no se considera meritorio o bien incluso se penaliza: si te dedicas a divulgar, no estás compitiendo, pierdes tiempo. Ah, cuantos colegas me recomendaban que no dedicara tiempo a la divulgación, que es una pérdida de tiempo… Podemos seguir: un científico puede tener en cuenta la importancia de la educación en ciencia para la sociedad. Pero ésta sociedad no permite que los científicos participen en la educación. Un científico no puede ser modesto en un sistema basado en la autopromoción, prestigio y enfocado al éxito, y como va a considerar la lista de publicaciones si en todo momento va a ser medido en función no del contenido de éstas publicaciones, sino de los indices bibliométricos derivados. Es decir, si queremos volver a éste ideal del buen científico, expresado por Guillermo Orts-Gil, debemos pasar primero por una revolución en todo el sistema por el que se hace la Ciencia profesional.

Pero para ésta revolución, el primer paso es observar la tautología retórica de la primera frase: “un buen científico es aquel que aplica de manera correcta el método científico”.

Lo primero que nos llama la atención es la obviedad. Claro, y un buen fontanero es el que aplica de manera correcta los métodos del fontanero, un buen mecánico es el que aplica de manera correcta los métodos del mecánico y así toda profesión. Pero si en el caso de un fontanero, aunque aplique bien los métodos, distinguimos entre unos fontaneros y otros por el modo en que trabajan, en el caso de la Ciencia que no es un conjunto de métodos y conocimientos, sino una vía de pensamiento la frase carece completamente de sentido. La Ciencia no tiene método científico y no debe tenerlo. Debe buscar la libertad total en el acceso al conocimiento, lo que implica una suma o mezcla de intuición, creatividad, razonamiento inductivo, hipotético deductivo y abductivo, falsacionismo, verificación, y cualquier cosa que tenga uno a mano. Yo mismo he utilizado diferentes aproximaciones y en algun momento he tenido dificultades para explicar de modo “aceptable”, en un artículo, conocimientos alcanzados de modo prácticamente intuitivo (como estructuras moleculares “leídas” en espectros de masas y que resultaban ser correctas).  Citando a Edward O. Wilson:

La investigación científica es una forma de arte: no importa de qué manera uno haga su descubrimiento, solo importa que su afirmación sea cierta y sea validada de forma convincente. El científico ideal piensa como un poeta y trabaja como un contable.

Es inevitable entonces recordar la inolvidable escena de la película El Club de los Poetas Muertos, en la que el profesor dibuja el esquema de Pritchard PhD para valorar numéricamente un poema

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Tras asignarle índices a Byron y a Shakespeare y concluir que Shakespeare es mas excelente que Byron, el profesor Keating hace que rompan esa página y les recuerda:

No leemos y escribimos poesía porque sea hermosa. Leemos y escribimos poesía porque somos miembros de la raza humana. Y la raza humana está llena de pasión. La medicina, el derecho y la ingeniería son carreras nobles y necesarias para la vida. Pero la poesía, la belleza, el romance y el amor…son las cosas por las que nos mantenemos vivos…

No es casual que Edward O. Wilson afirme que un científico piensa como un poeta. En la frase anterior, podemos cambiar poesía por arte o por ciencia y sigue manteniendo su sentido.  ¿que diferencia el Arte de la Ciencia? es un debate interesante. Para Wilson la diferencia estriba en el reduccionismo como estrategia.

Si alguien me pregunta a mí sobre el método científico, le diría lo que dijo el físico Percy Bridgman:

El “método científico” es hacer lo máximo que uno pueda, sin limitación alguna…

o lo que recomendaba Edward O. Wilson:

Consejo al científico principiante: no existe una manera fija de hacer y establecer un descubrimiento científico. Láncele todo lo que pueda al tema, mientras que los procedimientos puedan ser duplicados por otros […] A medida que el trabajo se vaya ensamblando, piense también en la audiencia a la que se informará del mismo. Planee publicarlo en una revista de prestigio y con revisión por pares. Uno de los reparos del ethos científico es que un descubrimiento no existe hasta que no ha sido revisado sin contratiempos y se ha publicado.

Quizá deberíamos permitirnos hacer el ejercicio de pensar la Ciencia y el esfuerzo de volver a sus principios, instruir a los mas jóvenes en la libertad, no en la competitividad y la agresividad. Y recuperar el papel de la Ciencia en la sociedad, no como una fuente de tecnología, productos y riqueza, sino como una fuente de civilización y paz. Volver a la ciencia revolucionaria de la Ilustración. Como sostenía Condorcet:

El único fundameno para creer en las Ciencias Naturales es la idea de que las leyes generales que dirigen los fenómenos del universo, conocidos o desconocidos, son necesarias y constantes. ¿por que habría de ser tal principio menos cierto para el desarrollo de las facultades intelectuales y morales del hombre que para otras operaciones de la naturaleza? Cuando toda la humanidad haya alcanzado un nivel superior de civilización, las naciones serán iguales. La ciencia florecerá e indicará el camino. El arte será libre de crecer en poder y belleza. El crimen, la pobreza, el racismo y la discriminación disminuirán. La duración de la vida se alargará. Que confortante para el filósofo que lamenta los crímenes y las injusticias que todavía contaminan la Tierra, es esta visión de la raza humana, emancipada de sus grilletes, liberada del imperio del sino y del de los enemigos de su progreso, que avanza con paso firme y seguro a lo largo de la senda de la verdad, la virtud y la felicidad.

Me gustaría terminar, siguiendo con una identificación entre arte y ciencia, citando a Ernst Fischer:

El arte debe mostrar el mundo como algo en continuo cambio. Y ayudar a cambiarlo.

Cambia “arte” por “ciencia”.


Esta entrada participa en el XLV Carnaval de Química alojado en el blog conCIENCIAte ahora de @honey_eyes1405.

 

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